<<¡Tú eres un campeón! ¡Eres el hijo del Rey ¡Tú tienes la autoridad! ¡Declara, Decreta y Establece! ¡En realidad eres un pequeño dios y tu palabra tiene poder para crear la realidad que deseas!>>

¿Has escuchado alguna vez este tipo de mensaje? Solo tienes que prender la televisión y sintonizar algún canal <<cristiano>>. Los éxitos de librería tiene títulos semejantes a esas exclamaciones, y desgraciadamente, en muchos púlpitos resuenan este tipo de palabras.
Es realmente triste ver como las multitudes van tras este tipo de engaño. sin embargo, no es una sorpresa, ya que el Señor y los apóstoles dijeron repetidas veces que esto sería así. Ese discurso es totalmente distinto al mensaje de Jesucristo.
La primera enseñanza salida de sus labios que registra el Nuevo Testamento es lo que llamamos el Sermón del Monte. Éste, a su vez, comienza con las «Bienaventuranzas«, que son una descripción del verdadero discípulo de Cristo. Lo que el Señor está diciendo en este pasaje de la Escritura es que es bienaventurada la persona que posee esas características.
3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
5 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. 12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. (Mateo 5:3 – 12) -.
«Bienaventurados» es la traducción de MAKARIOS; que significa también dichosos, felicitados, felices. Pero no se trata de un estado de ánimo, sino de la mirada de Dios sobre la persona. Debemos notar desde el comienzo que el Señor está estableciendo un claro contraste entre un discípulo y el resto de la gente. El discípulo va contra la corriente del mundo. Las bienaventuranzas tienen esa característica: son contradictorias a lo que el mundo espera (¿Cómo puede ser feliz el que llora?).
LOS POBRES EN ESPÍRITU
La primera bienaventuranza es para los pobres de espíritu. Debemos prestar atención al hecho de que Cristo eligió comenzar el sermón de esta manera. Es como la base de toda estructura. Las bienaventuranzas fueron comparadas con una cadena de oro. Cada una depende de la anterior.
Debemos interpretar que la característica fundamental del discípulo es que sea pobre en espíritu. ¿Qué significa eso? ¿Se está refiriendo a los que tienen necesidades económicas? Lucas, en el pasaje paralelo dice simplemente «Bienaventurados los pobres» – 20 Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
21 Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. 23 Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas. (Lucas 6:20 – 23) -. Muchos estudiosos interpretan que Mateo espiritualizó lo que dijo Lucas, que en realidad los pobres del mundo, los que tienen necesidades económicas son bienaventurados para Dios. Hay una mala traducción que dice: «Bienaventurados espirituales son los pobres«. Cualquiera que profundice un poco las Escrituras sabe que esto no es así. Nadie puede presentarse delante de Dios diciendo: «Señor, aunque te negué toda la vida, tengo a mi favor que fui pobre«. Tanto pobres como ricos están destituidos de la gloria de Dios. No hay bendición en eso. Los únicos pobres, económicamente hablando, que son bienaventurados son los que pertenecen al reino de los cielos.
Volvemos a la pregunta: ¿Qué significa ser pobres en espíritu? ¿Son los humildes? Creo que nos estamos acercando. Sin embargo, es notable la selección de palabras que el Señor hizo. Podría haber dicho «Bienaventurados los humildes«, pero no lo hizo.
La humildad es bastante subjetiva. Veamos el caso del fariseo y el publicano:
9A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: 10Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. (Lucas 18:9 – 14) -.
Tenemos aquí a un hombre religioso que da gracias a Dios por haberlo hecho tan especial y fantástico. Esta persona jactanciosa y orgullosa cree que está haciendo un acto de humildad. A su manera, está reconociendo que todos sus méritos vienen de Dios.
La mayoría de las personas afirman que la humildad es una buena virtud y se llaman a sí mismas humildes. Al elegir las palabras «pobres en espíritu«, el Señor estaba dejando afuera toda confusión.
Ese fariseo, podía creerse humilde, pero es evidente que su actitud no es la de «un pobre en espíritu«. De hecho, aquí tenemos una buena definición de los que podemos llamar los «ricos en espíritu«: «unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros«.
Por otro lado, el publicano ni siquiera se animaba a levantar los ojos al cielo, ¿Qué derecho tenía? Era un pecador, ¿Cómo podía presentarse delante de Dios santo? ¿Qué podía ofrecerle? No merecía nada, excepto el juicio y la condenación. Solo podía clamar misericordia: Golpeándose el pecho decía: «Señor, sé propicio a mí, pecador«.
Este hombre humillado, este pecador arrepentido, este pobre en espíritu se fue a su casa Justificado.
Un pobre en espíritu es aquel que lejos de confiar en sí mismo como justo, entiende que no tiene ningún mérito delante de Dios, que está plenamente necesitado de su gracia.
El pobre en espíritu no tiene ninguna riqueza espiritual. Es un mendigo.
Es Bartimeo clamando a gritos: «Hijo de David, ¡Ten misericordia de mí!» – Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! (Marcos 10:48) –
Es la prostituta llorando a los pies del Señor y secándolos con sus cabellos – y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. (Lucas 7:38) –
Es David, el Rey David diciendo: Este pobre clamó, y le oyó Jehová,
Y lo libró de todas sus angustias. (Salmos 34:6) –
Es Pablo entendiendo que no puede obedecer la Ley de Dios, que sabe lo que está bien, pero no tiene capacidad de hacerlo: – 19Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
21Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 22Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? 25 Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. (Romanos 7:19 – 25) – ¡Miserable de mí! Ese es un pobre en el Espíritu. ¡Solo Cristo, solo el Señor Jesucristo puede ayudarme!
De los pobres en espíritu es el reino de los cielos. Nunca podremos entre en él si confiamos en nuestras propias fuerzas.

Tu condición es de total necesidad de Dios. ¡Total! No hay nada valioso en vos. No eres un campeón espiritual, no tienes autoridad para decretar nada. Esas palabras son dulces a los oídos, pero son engañosas.
El que confía en sí mismo nunca será bienaventurado.
¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!