Bienaventurados los pacificadores

Los discípulos de Cristo son pacificadores. No puede ser de otro modo, ya que son seguidores del Príncipe de paz.

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El mundo entiende que pacificador es un individuo que trata de mediar entre 2 o más partes enemistadas, para llevarlas a un acuerdo. Si consigue que el conflicto termine, decimos que «logro la paz«.

La tarea del pacificador, entonces, es evitar las diferencias de opinión, detener las peleas, contener la violencia, establecer arreglos. Es decir, hacer lo necesario para que haya paz entre las partes enfrentadas.

Es una tarea difícil, compleja y muy loable.

Pero no es esta la clase de pacificadores a los que el Señor llama Bienaventurados.

Una paz totalmente diferente

El Señor dejó claro que la paz que Él da es totalmente distinta a la que ofrece el mundo: – La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. (Juan 14:27) –

Él dijo a sus discípulos: – 34No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. 35Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; 36y los enemigos del hombre serán los de su casa. (Mateo 10:34 – 36) –

El Señor Jesús no vino a evitar las diferencias de opinión, ni a impedir los conflictos. No vino a contender la violencia, ni a establecer acuerdos. No vino a traer esa clase de paz. Él sabía que el motivo de Su venida iba a provocar oposición y disensión, hasta el punto que llegarían a asesinarlo de la manera más cruel: en la cruz.

Por eso es que previno a sus seguidores que también ellos también serían perseguidos, y que aún los amigos y parientes más cercanos se transformarían en sus enemigos.

La paz que el Señor vino a traer es la del hombre frente a Dios

La Biblia dice que el hombre es enemigo de Dios. Cabe aclarar que nunca señala que Dios es enemigo del hombre. Es el ser humano quien está enemistado con Dios. Lo rechaza, lo niega y no quiere tener ninguna relación con Él.

El hombre ama el pecado y odia a Dios. Esa es la causa de su condenación.

Sin embargo, la mayoría de las personas dice creer en Dios. Por lo general, la idea que ellos tienen es la de un dios de amor, condescendiente e indulgente, que no juzga ni condena a los pecadores. Ese es el dios que a ellos les gusta. Un dios que tolera cualquier cosa, que es permisivo con el pecado, y al que pueden recurrir de vez en cuando para pedirle algo, sin ningún tipo de compromiso.

El problema es que ese no es el Dios verdadero, el Dios del que habla la Biblia.

Hagamos una analogía de ese dios tolerante con un juez humano: Supongamos que hay un hombre que rompió la ley de todas las maneras posibles. Este individuo es capturado y llevado a juicio. Ahora está delante del juez bondadoso, quien lo mira de manera condescendiente, y con una gran sonrisa, dictamina lo siguiente: Sé que has cometido toda clase de delitos, pero como soy un juez comprensivo, te dejaré libre. ¿Te parecería justo? ¡Claro que no! Sería terrible, caótico. La justicia es absolutamente necesaria.

La realidad es que Dios es Amor, pero también es Justo. Odia el pecado, y, por su condición de Justo, no dará por inocente al culpable. Hay un día que está marcado en el calendario, en que que nos presentaremos delante de Él y daremos cuenta por todo lo que hicimos, dijimos y pensamos. Nos juzgará con toda justicia, conforme a nuestras obras. Y a los pecadores los enviará al infierno.

La gente no quiere saber nada con este Dios. No soporta la idea de que juzgará sus pecados, porque aman sus pecados.

Por esta causa vino Cristo: para reconciliar al hombre con Dios.

La paz con Dios costó la muerte de Cristo

Cuando éramos enemigos de Dios, él hizo las paces con nosotros a través de la muerte de su Hijo. Con mayor razón ahora que somos amigos de Dios, él nos va a salvar por medio de la vida de Cristo. (Romanos 5:10a) (PDT – Palabra de Dios para Todos)

21Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado 22en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; (Colosenses 1:21, 22) –

Siendo nosotros sus enemigos, Dios hizo las paces con nosotros. Pero esta paz no fue gratuita: costó la muerte de Su Hijo.

Cristo vino a tomar el lugar del pecador. Él se ofreció en sacrificio, sin tener pecado; para saldar la deuda del pecador. 

Pero, atención: Él no tomó el lugar de los que quieren seguir sus vidas lejos de Él. El pecador que no quiere tener una relación con Dios, sigue caminando hacia su perdición. Solo aquel que es «pobre en espíritu», que reconoce su condición de miseria espiritual, aquel que comprende que ha negado y ofendido a Dios, y se arrepiente; aquel que llora pidiendo perdón, ese es bienaventurado. A ese Dios le hace parte de Su reino y le da consolación. Con él hace las paces.

Dice la Palabra:

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; (Romanos 5:1) –

¡Tenemos paz para con Dios! ¡Dios nos ha declarado justos por la fe! Todo esto lo logró por la fe! Todo esto los logró Jesucristo, el Príncipe de paz, el Gran Reconciliador.

La paz con Dios es la paz completa

El hecho de estar en paz con Dios, cambia radicalmente nuestra vida: Hemos sido perdonados, lo que quita de nosotros el peso insoportable de la culpa. También nos da Su Espíritu para santificarnos y alejarnos del pecado. De esta manera, llegamos a estar en paz con nosotros mismos, y, por consecuencia, podemos estar en paz con los que nos rodean.

22Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. (Gálatas 5:22, 23) –

Al tener en nosotros la verdadera paz, podemos ser agentes de paz, es decir, pacificadores.

El ministerio de la reconciliación 

El apóstol Pablo, les explicaba a los Corintios que él ya no era el mismo de antes, que Dios lo había transformado y le había dado el ministerio de la reconciliación: Debía anunciar que Dios, a través de Cristo quería reconciliar consigo a las personas, perdonándoles los pecados.

17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 18Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. 21Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. (2° Corintios 5:17 – 21) – 

Si al igual que el apóstol, tú estás en Cristo, si eres una nueva criatura, si las cosas viejas pasaron y todas fueron hechas nuevas, es porque fuiste reconciliado con Dios por medio de Cristo. De la misma manera, también has recibido el ministerio de la reconciliación. Somos embajadores en nombre de Cristo. Esto significa que Dios habla por medio de nosotros. Y así como Pablo rogaba a los corintios para que se reconcilien con Dios, también nosotros debemos anunciar el mismo mensaje: «¡Reconcíliense con Dios!«.

Es un mensaje duro. La inmensa mayoría lo rechazará.

locos

A causa de este ministerio seremos tildados de locos, tontos y fanáticos. Muchos nos despreciarán y se burlarán. En algunos lugares incluso, nos perseguirán y matarán. Pero habrá unos pocos, muy pocos, que oirán y creerán. De ser enemigos, pasarán a ser discípulos. Ellos tendrán paz con Dios.

Ese es el trabajo del pacificador. Despreciado por los hombres, declarado bienaventurado por el Señor.

A ellos, a los pacificadores, les corresponde el mayor honor dado jamás a un ser humano: serán llamados hijos de Dios.

¡A Él sea la gloria!

 

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