Las personas buscan incesantemente la felicidad. Esa búsqueda es trágica, porque la felicidad no se encuentra en un mundo que está bajo maldición. Solo podemos lograr algunos momentos de alegría, satisfacción o placer. Pero estas cosas no duran. Son cortas y pasajeras. No hay nada en este mundo caído que pueda darte plenitud: ¿Cuánto dinero necesitas para ser feliz? ¿Cuánto poder? ¿Cuánto reconocimiento? ¿Cuánta belleza? Nunca es suficiente. Escucho a personas que han luchado toda su vida para alcanzar una posición de estabilidad, pero cuando la obtienen, comienzan a mirar atrás, añorando momentos pasados o, incluso, entendiendo que han malgastado sus vidas dejando pasar las cosas importantes.

El Señor, en su infinita sabiduría dice que las personas que son felices, son aquellas que, aunque parezca paradójico, no están buscando su propia felicidad. Personas que no tienen su mirada puesta en este mundo y en las cosas que perecen.
Estas personas tienen características únicas: Son pobres en espíritu, lloran por el pecado, son mansas, tienen hambre y sed de justicia, y, como veremos ahora, son misericordiosas.
Ninguna de estas características surge naturalmente. No se nace con ellas. Son producto de la presencia de Cristo y del tratamiento del Espíritu Santo en la vida de una persona.
Vimos en el artículo anterior que los que tienen hambre y sed de justicia son aquellos que tienen el deseo ferviente de hacer lo que es justo delante de Dios. Esto tiene que ver con la voluntad. La voluntad de ellos está rendida a la voluntad de Dios.
Ahora veremos que los discípulos de Cristo no solo tienen la voluntad rendida, sino también los sentimientos.
¿Qué es la misericordia?
El término misericordia viene del latín y está formado por miser (miserable, desdichado) y cordis (corazón). Se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás.
El diccionario la define como “Inclinación a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles ayuda”.
La palabra griega que se traduce así es eleeo. Significa sentir simpatía con otra persona en su miseria, y especialmente simpatía manifestada en actos.
Lo contrario a misericordia es dureza de corazón, frialdad, inflexibilidad, ensañamiento, crueldad.
Misericordia no es lástima
Hay un proverbio al que debemos prestar atención: – El justo cuida de la vida de su bestia;
Mas el corazón de los impíos es cruel. (Proverbios 12:10) –
La Biblia Textual lo traduce: – “El justo atiende al sustento de su bestia, Pero aun las compasiones de los inicuos son crueles”.
¿De qué manera puede un acto de compasión o misericordia ser cruel?
Cuando la persona que no siente el dolor o la miseria del otro; cuando lo realiza desde una posición de superioridad.
En este sentido, la misericordia se confunde con la lástima. Haciendo un juego de palabras, la lástima, lastima al que la recibe, lo humilla. La misericordia, en cambio, lo ennoblece.
La verdadera misericordia
Como dijimos anteriormente, las cualidades de las que habla el Señor, no son naturales. Se obtienen después de haberse humillado delante de Dios, después de haber reconocido y llorado por el pecado y la incapacidad de salvarse a sí mismo. Cuando alguien se ve a sí mismo como realmente es, puede mirar a los demás con ojos misericordiosos.
Nuevamente debemos hacer énfasis en el hecho de que el Señor declara bienaventurados a aquellos que “son”, no a los “que hacen”.
La misericordia de la que habla el Señor tiene que ver con el segundo gran mandamiento:
25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? 26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 27 Aquel, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.
29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. 31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. 32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. 33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; 34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. 35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. 36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? 37 Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo. (Lucas 10:25 – 37) -.
“Movido a misericordia” es la traducción de splanjnízomai, que significa literalmente, “sentir que las entrañas anhelan”.
Es terrible ver que los que siguieron de largo eran religiosos. Tenían todo el conocimiento, pero no tenían el corazón. El Señor hace énfasis en que, tanto el sacerdote como el levita, vieron al herido. ¿Qué habrán pensado? No podemos saberlo, pero lo que es claro es que no tuvieron misericordia. Sus entrañas no anhelaron ayudarlo. Tuvieron otras prioridades. No eran de la clase que Jesucristo estima como bienaventurados.
El samaritano, por su parte, “fue movido a misericordia”. Esto es un sentimiento, que lo llevó a actuar: “usó misericordia con él”. Se acercó, se involucró, gastó de lo suyo, lo subió a su caballo (lo que implica que él tuvo que seguir a pie hasta el mesón), lo cuidó, invirtió dinero…
¿Por qué lo hizo? ¿Qué ganó con eso? ¿Por qué tantas molestias? No es algo lógico, ni conveniente. Más práctico y seguro era lo que hicieron los otros dos. Ellos no sufrieron molestias, ni se incomodaron. Simplemente siguieron sus caminos. Pero el samaritano no podía hacer otra cosa. No podía simular que no lo vio, que no pasaba nada. Tuvo que detenerse y actuar. Ese es el corazón del misericordioso.
El misericordioso ama a su prójimo como a sí mismo.
La Biblia registra un ejemplo aún más grande y sublime: Hubo alguien que literalmente vivía en la gloria, pero la dejó para socorrer a pecadores que solo merecían la condenación.
6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (Flilipenses 2:6 – 8) -.
17 Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. 18 Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados. (Hebreos 2:17, 18) -.
Como en la parábola del samaritano, el que estaba al costado de la ruta eras tú, muerto a causa del pecado, y Él hizo todo lo necesario para salvarte.
4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, (Efesios 2:4 – 6) -.
Él es “Padre de misericordias”, “Dios misericordioso y justo”, “ lento para la ira y grande en misericordia”.
Y como Él es misericordioso, también nosotros debemos serlo. Con todas las personas, especialmente con nuestros hermanos de la fe:
10 Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. (Efesios 6:10) –
Quiénes alcanzarán misericordia
Hay un error en el que no debemos caer: Interpretar que alcanzaremos misericordia si somos misericordiosos.
Esto sería creer que la salvación es por obras. Alcanzamos la misericordia por la gracia de Dios. Los discípulos de Cristo, los cristianos alcanzarán la misericordia en el día del juicio porque ya recibieron Su misericordia al recibir la salvación.
Y como recibieron misericordia, tienen la capacidad de ser misericordiosos.
En virtud de lo visto, es hacernos algunas preguntas: ¿Cómo está tu corazón? ¿Qué sientes al ver la necesidad de la gente? ¿No te gusta involucrarte? ¿Prefieres hacer como que no ves y seguir de largo? Hay gente a montones al costado de tu camino. Ellos no necesitan tu lástima, sino tu amor y compromiso. Están allí, ¿No los ves?
Un verdadero discípulo no puede disimular. Se acerca, se baja del caballo y atiende al herido. Este hombre es feliz, es felicitado, es bienaventurado.
Que tu vida no sea un pasar de largo.
