La vida es mucho más que días que se suceden unos a otros.
Es mucho más que esa realidad que vemos cuando abrimos los ojos cada mañana.
Es mucho más que nacer, crecer, envejecer y morir.

Mucho más.
Un día, todos y cada uno de nosotros deberemos enfrentar la muerte. Es un hecho inalterable e ineludible. No queremos pensar en ello. Nos entristece, nos abruma, nos espanta.
Todo lo que hemos logrado, todo aquello por lo que hemos trabajado, todo lo que hemos soñado, un día dejará de ser importante. Ya no tendrá más significado.
El amor, el dinero, la casa, el auto, la amistad. Todo quedará atrás.
“Porque ¿Qué es vuestra vida?”, dice Santiago 4:14, “Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece”.
La gente ve la muerte como el fin. Un agujero negro que nos devora y nos sumerge en el olvido.
Sin embargo, no es así. La muerte tiene mucho más que ver con un comienzo que con un final. Eso es lo que dice la Biblia.
Hoy vamos a enfrentar el hecho de la muerte y vamos a indagar en lo que hay más allá. Es de crucial importancia saber lo que nos espera, porque allí estaremos por toda la eternidad. Hay decisiones que debemos tomar en esta vida que tendrán serias consecuencias después del día final. Es necesario estar preparados.
EL CIELO Y EL INFIERNO.
La Biblia habla con claros detalles sobre la existencia del cielo y del infierno. El mismo Señor Jesús enseñó sobre ellos una y otra vez.
No son un mito, son reales. No importa que creamos en ellos o no, como tampoco importa que creamos en el polo norte para que exista.
Un pensamiento común es que en el cielo reina Dios y en el infierno, el diablo. No es así. Dios reina sobre toda la creación. Él es el único y soberano Rey. El infierno fue creado para el castigo eterno de Satanás, sus demonios y de todos aquellos que rechazaron a Dios (Mateo 25:41).
Esto es totalmente justo.
En el cielo está el trono de Dios. Allí están todos los que lo aman y adoran: los ángeles y las almas de las personas que en vida escogieron seguirle.
En el infierno, simplemente no está Él. No hay nada de su bondad, belleza y gracia. No hay nada que mitigue el dolor, el miedo y la maldad. Es el lugar al que ELIGEN ir todos los que le han dado voluntariamente la espalda. Aquellos que lo negaron y que rechazaron seguir el Camino que lleva a Él: El Señor Jesús.
“Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
La mayoría de las personas creen que llegarán al cielo por sus buenas obras: “No soy tan malo como para merecer el infierno”, razonan. Viven sus vidas sin tener en cuenta a Dios, creen que el sacrificio de Cristo en la cruz, es una especie de cuento para niños, y depositan su fe en toda clase de ídolos muertos. Sin embargo, esperan que, llegado el momento, El Señor los reciba contento dado que, según sus propios criterios, no son tan malos.
¿QUÉ DICE LA BIBLIA AL RESPECTO?
La Biblia muestra que todas las personas son pecadoras. Todas.
A lo largo y a lo ancho del mundo, a través de la historia, no hubo nadie que pudiera presentarse delante de Dios a reclamar su entrada al cielo basado en sus propios méritos.
“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10).
Claro que hay personas más malas que otras. Y también es cierto que hay algunas que han hecho cosas realmente buenas. Pero una buena obra no borra el pecado. Es como si un reo acusado de robo pide al juez que lo absuelva porque esa mañana había ayudado a una anciana a cruzar la calle. Está muy bien que haya ayudado a la mujer, pero eso no quita su delito.
Hay un día señalado por Dios en que todos deberemos comparecer delante de Él para ser juzgados por nuestras obras.
“En el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio” (Romanos 2:16).
Es fácil para nosotros ver los pecados de los demás. Juzgamos, creyendo que somos mejores que ellos. Sin embargo, nadie escapará al juicio de Dios.
“En cuanto a ti, que juzgas a otros y haces lo mismo que ellos, no creas que vas a escapar de la condenación de Dios” (Romanos 2:3 DHH).
Llegará ese día y ¿Cómo permaneceremos de pie? ¿Cómo defenderemos nuestra posición? ¿Qué excusas podremos presentar? Él lo sabe todo, Él lo ve todo. Estuvo allí cuando nadie te veía. Fue testigo de cada acción, de cada palabra y de cada pensamiento malo. Él conoce lo que hay en lo más profundo de tu corazón, está al corriente tus más íntimas intenciones. No habrá nada que decir.
Somos culpables y lo sabemos.
Muchas personas sostienen que, debido a su gran amor, Dios no puede enviar a nadie al infierno: “Es demasiado bueno como para hacer semejante cosa”, razonan, “¿No dice la Biblia que Dios es amor?”
Es verdad que la Biblia dice eso, pero el amor de Dios no invalida Su justicia.
“Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable” (Nahúm 1:3).
Como Dios justo, debe castigar el pecado. Sin castigo, no hay justicia.
Imaginemos por un momento a un juez humano que tiene como prioridad su bondad y amor por encima que la justicia. Supongamos que debe juzgar a un hombre al que se le han comprobado varios delitos. Llegado el momento de dar su veredicto, el juez sentencia: “Hay pruebas suficientes como para declarar culpable a este hombre por muchas faltas, sin embargo, como soy una persona amorosa, lo dejaré libre”. ¿Te parecería justo?
Dios no tendrá por inocente al culpable.
Estamos en graves, muy graves problemas.
¿Qué podemos hacer para salvarnos de la condenación eterna? Nada. Todos vamos desfilando en esa dirección. Los discípulos le hicieron una pregunta parecida al Señor Jesús. Prestemos mucha atención a su respuesta:
“… ¿Quién, pues, podrá ser salvo?
Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lucas 18:26-27).
Para los hombres es imposible alcanzar la salvación, pero Dios la hace posible ¿Cómo? Por medio de Jesucristo
LA BUENA NOTICIA.
¿Cómo puede Dios librar del castigo a alguien que lo merece, sin destruir la justicia? La única manera es proveyendo un Sustituto. Un hombre que jamás hubiera pecado. Esto es de suma importancia, porque si tuviera pecado, debería pagar por sí mismo, no por otros. Además debería ser lo suficientemente poderoso como para poder cargar con la ira de Dios que corresponde a todos los pecadores. No hay nadie en toda la creación con esas características. La única manera es que Dios se hiciera hombre. Eso es lo que hizo el Señor Jesús.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Jesús es Dios hecho hombre. Vino al mundo a tomar el lugar del pecador. A recibir el castigo que nosotros merecemos.
De esa manera, nuestro pecado es castigado y la justicia de Dios, cumplida.
Nuestros pecados fueron cargados sobre Él, y Su vida justa fue imputada a nosotros.
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).
Nosotros no somos justos. Como leímos en Romanos 3:10, no hay ni un solo justo; pero a través del sacrificio de Jesucristo, Dios nos considera justificados. Ya todos nuestros pecados fueron pagados, y ahora podemos presentarnos limpios delante de Él.
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).
¡En el día del juicio, no tendremos por qué avergonzarnos, porque Jesucristo no justificó!
Ahora bien, ¿Esta salvación es para todas las personas?
¡No! Somos justificados “por la fe”. Juan 3:16 dice que es para “todo aquel que en Él creé”.
Cuando la Biblia habla de fe y de creer, no se refiere a un conocimiento intelectual. No quiere decir que debemos creer en Jesucristo de la misma manera que creemos que existe un planeta llamado Mercurio.
La mayoría de las personas dicen creer en Él, pero esto no quiere decir que son salvas. De lo contrario, ¡hasta Satanás podría ir al cielo, porque él también cree!
“Tú crees que existe un solo Dios. ¡Muy bien! Pero hasta los demonios creen en él y tiemblan de miedo.” (Santiago 2:19 TLA).
Creer en el Señor Jesucristo requiere, en primer lugar, arrepentimiento.
¡Arrepentimiento! Entender que hemos pecado, que hemos ofendido a Dios, y sentir dolor por ello. Es el pecado lo que nos aleja de nuestro Creador ¡Es por nuestro pecado que Jesucristo tuvo que ser crucificado!
El alma arrepentida sabe que no tiene mérito alguno para presentarse delante de Dios. Comprende que necesita ser salvada. El Señor llama a estas personas “pobres en espíritu”.
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3).
Aquellos que creen que “no son tan malos”, que estiman que irán al cielo por sus buenas obras, no sienten la necesidad de un Salvador. Son “ricos en espíritu”. Es triste, pero no es para ellos el reino de los cielos.
Creer en Jesucristo implica humillación, dejar el pecado, y someter nuestra voluntad a la de Dios. La inmensa mayoría de la gente lo rechaza porque prefiere seguir sus propios caminos, sin pensar que esto los lleva a la condenación.
“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:18-19).
A muchos les gusta escuchar sobre un Dios que los prospere, los sane y los saque de sus problemas terrenales, sin que les demande nada. No quieren compromisos con Él. Corren en masa tras mensajes del tipo: “¡Venga a buscar su milagro!”, “¡Dios tiene un plan maravilloso para su vida!”, y resisten todo lo que tiene que ver con cumplir la voluntad de Dios.
Dios es el Creador de los cielos y la tierra y ha enviado a Jesucristo, Dios Hijo, a salvar a los pecadores que creen en Él.
Como decíamos al comienzo: la vida es mucho más que lo que vemos cada día.
Jesús es la Vida, y vino a traernos vida. Vida abundante y eterna.
¿Qué vas a hacer ante esta verdad? ¿Serás de los que creen o de los que no?
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