¿Qué tan bíblicos son nuestros cultos evangélicos?

El domingo es el día en que los discípulos de Cristo se congregan para adorar juntos y para escuchar Su Palabra. En la mañana algunos, otros por la tarde, se reúnen el lugares dispuestos a tal fin. «Vamos a la iglesia«, dicen, entendiendo como tal al edificio y no a las personas. Esta confusión es más profunda de lo que puede parecer.

Cuando llegan a la «iglesia«, encuentran un conjunto de sillas dispuestas en filas y en columnas, apuntando todas hacia una plataforma elevada, muy parecida a un escenario. Allí se sientan, y durante las siguientes 2 horas seguirán las indicaciones de las personas que están sobre la plataforma. Cantarán las canciones que ellos cantan, asentirán sus oraciones, ofrendarán cuando ellos lo dispongan, y finalmente escucharán el sermón. Ocasionalmente, pueden ocurrir ligeras variantes como la Cena del Señor, bautismos o presentación de algún bebé.

Esta es la idea generalizada de una reunión de iglesia. Podemos añadir que las canciones se dividen en «alabanzas«, si son de ritmo ligero, y «adoración» si son de ritmo lento. Generalmente se dosifican en partes iguales. Los músicos están sobre la plataforma. Son llamados «el grupo de adoración«, y su líder es quien dirige a la congregación en las canciones.

Una vez terminado el culto, los concurrentes se levantarán de sus sillas, saludarán a los conocidos y cada uno volverá a su hogar. Este es el modelo de iglesia que conocemos hoy. A lo largo y a lo ancho del planeta, los cristianos evangélicos, y aun de otras confesiones religiosas, ser reúnen de esa manera.

Es de esperar que una práctica tan difundida en el cristianismo, tenga una fuerte apoyatura bíblica. Debería haber claras instrucciones en el Nuevo Testamento de que la iglesia debe reunirse de esa manera. Sin embargo no es así.

Sorprendentemente, encontramos que las reuniones de la iglesia primitiva eran totalmente diferentes a las nuestras. Lo que implica que, cuando el apóstol Pablo daba indicaciones a la iglesia, estaba pensado en algo muy distinto a lo que nosotros entendemos como tal. Veamos algunos versículos que se refieren a las reuniones de la iglesia primitiva:

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. (Hechos 2:42) –

¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación. (1° Corintios 14:26) –

Cuando se reúnan, canten salmos, himnos y canciones espirituales. Alaben a Dios el Padre de todo corazón, y denle siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. (Efesios 5:19, 20) – TLA (Traducción Lenguaje Actual)

Estos son solo tres de los muchos pasajes que hablan de las reuniones de la iglesia. No hace falta hacer una exégesis muy profunda para entender que eran participativas. Cada miembro edificaba al cuerpo, es decir al resto de los hermanos con sus dones. Todos intervenían: unos proponían un canto, otros traían alguna palabra, otros, un testimonio o una acción de gracias, o algún motivo de oración. En ese contexto, se desarrollaban los dones, incluso los de revelación. La condición era que se hiciera decentemente y en orden –  pero hágase todo decentemente y con orden. (1° Corintios 14:40) -, para ello, era necesario esperar el momento adecuado para intervenir, sin interrumpir a otro hermano.

En esas reuniones no faltaba la oración, la doctrina y el partimiento del pan. Todos los participantes eran instrumentos de edificación y, a la vez, todos eran edificados.

El estilo de reunión de reunión era parecido a lo que conocemos como «mesa redonda«, y totalmente opuesto a un auditorio donde solo un grupo selecto de hermanos dirige a la mayoría.

Cabe una pregunta: ¿Qué ocurrió? ¿Por qué las reuniones de la iglesia se transformaron en algo tan distinto?

Es imposible resumir la historia de la iglesia en unos pocos renglones, pero podemos decir que, poco a poco, la figura del pastor fue adquiriendo una relevancia más allá de la que habla la Escritura. Se fue transformando en el centro de la iglesia. Luego comenzaron las jerarquías, y se levantaría al obispo como autoridad de los pastores de la ciudad. Pronto los obispos de ciudades más importantes tendrían autoridad sobre los otros obispos, y finalmente, se levantaría a alguien que tuviera autoridad sobre todos los obispos: Un papa.

Ahora se dividía a los cristianos entre «laicos«, que era el pueblo, y el «clero«, quienes estaban abocados a los asuntos religiosos. Esta diferenciación hacía que el culto estuviera en manos de estos últimos, y los laicos fueran meros espectadores.

Cuando llegó la reforma protestante, se volvió a la Palabra de Dios como norma de fe y conducta. La división entre clero y laicos dejó de ser, y se dio preponderancia al sacerdocio de todos los creyentes. Sin embargo, el culto, aunque tuvo cambios sustanciales, continuó con la misma estructura.

Esta forma de entender la iglesia es la que hace que la gente piense que el servicio a Dios es solo para algunos, y que concurriendo una vez a la semana a un edificio a cantar unos coros, es suficiente como para identificarse como cristiano.

Es este sistema el que da lugar a iglesias donde se concentran grandes cantidades de personas que no se conocen entre sí. Son perfectos extraños y aun así se identifican como de la misma iglesia.

Tal vez, mientras tú cantabas, la mujer que estaba sentada detrás, lloraba porque había perdido un ser querido. O el hombre grande que estaba adelante y hacía esos ruidos desagradables con la garganta, estaba lidiando con una enfermedad incurable, ¿Cómo podías saberlo, si no los conoces?

¿Qué ocurriría si volvemos a reunirnos como la iglesia primitiva lo hacía? Parece imposible ¡Habría que derribar muchas fortalezas! ¡Cuántas estructuras deberían caer! Deberíamos renunciar a la seguridad de tener todo controlado y en mano de especialistas. Los líderes deberíamos bajarnos del pedestal y cada hermano debería asumir la responsabilidad de ser un instrumento de Dios para la edificación del Cuerpo de Cristo. Parece algo loco e inverosímil ¿Por qué modificar algo que se ha venido haciendo desde tanto tiempo? ¿Por qué dejar de hacer algo que todos hacen? ¿Por qué debemos enfrentar situaciones nuevas y desconocidas, siendo que estamos tan cómodos?

La respuesta es obvia: Porque debemos ser bíblicos.

Tal vez sea hora de dar vuelta de tuerca más a la Reforma.

El único peligro es que el Espíritu Santo nos sorprenda, y que comencemos a disfrutar de la iglesia tal como Dios la concibió. Nos cuesta soltar el control, pero pensemos que la iglesia no es nuestra. Es de Cristo.

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