El perdón es uno de los actos más generosos, altos, puros y desinteresados que puede realizar un ser humano. Es un acto de gracia hacia la persona que ha pecado.
El que perdona deja libre de deuda a aquel que lo agravió.

Todos hemos fallado a alguien y hemos sentido la necesidad del perdón. Conocemos la angustia que provoca no recibirlo y el alivio indescriptible de nuestra alma cuando lo hallamos.
Cargar con una culpa es un peso aplastante, y solo el perdón de la persona ofendida puede quitarlo.
Es importante entender que el perdón es un beneficio para la persona que pecó, no para la que recibió el agravio. Eso es lo que lo hace tan noble. Sin embargo, tristemente vemos que en los últimos tiempos, la noción de perdón se ha trastocado.
La enseñanza generalizada es que se debe perdonar para poder ser libre de la amargura y del resentimiento. Se establece que muchos de los males que acarrean las personas es “por falta de perdón”, entonces se les aconseja perdonar a aquellos que las han lastimado, aunque éstos nunca se enteren, como un acto de sanidad para sus almas, pervirtiendo el sentido del perdón y convirtiéndolo en un acto egoísta. En otras palabras: perdono para sentirme bien.
Al contrario de este concepto moderno, la Biblia enseña que la amargura, el resentimiento y el rencor son pecados de los que hace falta arrepentirse.
La consejería se basa más en la psicología que en la Biblia.
El sentido bíblico del perdón
En el Padrenuestro, Jesús enseña a orar sobre el perdón:
Mateo 6:12 – Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. –
Y más adelante aclara: – 14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. (Mateo 6:14, 15) –
Ahora bien, hay una condición necesaria para recibir el perdón de Dios: EL ARREPENTIMIENTO.
Isaías 55:7 – Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. –
Hechos 3:19 (NVI) – Por tanto, para que sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que vengan tiempos de descanso de parte del Señor. – (Nueva Versión Internacional)
2° Crónicas 7:14 – Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. –
1° Juan 1:9 – Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. –
Sin arrepentimiento no puede haber perdón. Nosotros no podemos ser más buenos que Dios, ni tener más gracia que Él.
3Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y SI SE ARREPINTIERE, PERDÓNALE. 4Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: ME ARREPIENTO, PERDÓNALE. (Lucas 17:3, 4) –
Para que podamos perdonar, debe haber arrepentimiento de parte del ofensor, porque el perdón es libertad para el cautivo. Es para aquel que ha comprendido su culpa, reconocido su falta y siente dolor por lo que hizo.
Pero el que no ha pasado por el proceso del arrepentimiento, no se considera culpable. No quiere ser perdonado ¿Cómo darle lo que no quiere recibir?
Mateo 7:6 – No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen. –
¿Cómo obrar con las personas que no se arrepienten?
Hay un principio que debe regir la vida de todo discípulo: – 17 No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. 18 Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 19 No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. (Romanos 12:17 – 19) –
Como pacificadores, debemos tratar de ser parte de la solución, y no del problema. La Biblia diferencia la forma de solucionar los conflictos con creyentes e incrédulos.
I – Si es un hermano en la fe:
Si un hermano en la fe ha pecado contra nosotros, no debemos perder de vista lo que esa persona significa para el Señor: – 10 Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. 11 Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido. (Mateo 18:10, 11) –
Aunque nos haya lastimado, sigue siendo unos de los “pequeños” del Señor. Alguien por el que ha derramado su preciosa sangre.
La palabra “menospreciar” es la traducción del griego Katafroneo, que significa tener en poco, despreciar, pensar mal o en contra.
No debemos pensar así de nuestro hermano, por el contrario, debemos aplicar el principio de la oveja perdida: – 12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado? 13 Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquella, que por las noventa y nueve que no se descarriaron. 14 Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños. (Mateo 18:12 – 14) –
Por lo tanto, si un hermano ha faltado contra nosotros, y no ha dado señales de arrepentimiento, no debemos dejar que nuestro corazón se contamine con malos pensamientos.
Es probable que no se haya dado cuenta del mal que nos hizo, o que, mediante una charla pueda recapacitar. Por eso el Señor ordena que seamos nosotros los que vayamos a arreglar el asunto.
Si con una entrevista a solas no alcanza, hay dos instancias más para que reconsidere la situación: – 15 »Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. 16 Pero, si no, lleva contigo a uno o dos más, para que “todo asunto se resuelva mediante el testimonio de dos o tres testigos”. 17 Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la iglesia; y, si incluso a la iglesia no le hace caso, trátalo como si fuera un incrédulo o un renegado. (Mateo 18:15 – 17) – NVI (Nueva Versión Internacional)
Pero si después de estos sinceros esfuerzos para buscar la reconciliación, la persona no se arrepiente, ha quedado en evidencia lo que realmente es: no un hermano en la fe, sino un incrédulo o renegado.
No podemos perdonarlo porque no se ha arrepentido. Por eso el Señor dice: – De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. (Mateo 18:18) –
Si se hubiera arrepentido, lo habríamos perdonado y también hubiera recibido el perdón del cielo; pero al no hacerlo, rechaza nuestro perdón y de esa manera, también el de Dios.
¡Qué distinto es lo que ocurre cuando la persona escucha la reprensión y se arrepiente! – 19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mateo 18:19, 20) –
Cuando hay reconciliación, Jesús mismo está allí y el Padre nos dará todo lo que pidamos en oración para que esa relación sea restaurada: Sanará las heridas, quitará todo dolor y derramará Su paz y gozo.
Como discípulos de Cristo, debemos ser pacificadores. No podemos dejar que el enojo o el orgullo nos nublen el entendimiento. Debemos entender que esa persona que ha pecado contra nosotros, lo ha hecho contra Dios en primer lugar, y necesita, como la oveja de la parábola, que la vayamos a buscar.
¿Y si volviera a pecar contra nosotros nuevamente? La respuesta que el Señor Jesús le dio a Pedro no necesita comentario: – 21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? 22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. (Mateo 18:21, 22) –
II – Si es un incrédulo:
En esta categoría entran todos los que no tienen la Biblia como norma de conducta y al Espíritu Santo para que los guíe a toda verdad, incluyendo a aquellos que no hicieron caso después de los tres intentos del punto anterior.
18 A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de sus corazones, estos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios. 19 Han perdido toda vergüenza, se han entregado a la inmoralidad y no se sacian de cometer toda clase de actos indecentes. (Efesios 4:18, 19) – NVI (Nueva Versión Internacional)
No podemos razonar con ellos basados en la Palabra de Dios. Sería solo una discusión vacía fundamentada en los diferentes puntos de vista.
El mandamiento de Jesús para estos casos es: – 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. (Mateo 5:44 – 48) –
También a ellos debemos mirarlos con los ojos el Señor, sin albergar resentimiento o rencor. Por el contrario, debemos amarlos, bendecirlos y orar por ellos. Nuestro trato hacia ellos debe mostrar quien es nuestro Padre.
El perdón no es una receta de sanidad interior. Es un acto de amor. Es algo que los hijos de Dios podemos y debemos hacer porque hemos conocido el perdón de Dios.

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