El Padre nuestro

(Sobre la oración 2° parte)

Uno de los dones más sublimes que el Padre dio a sus hijos es la oración. Es triste comprobar lo mal entendida que es esta bendición. La mayor parte de la iglesia oscila entre 2 extremos: Por un lado están los que la entienden como una obligación, como un medio de obtener el favor de Dios. Ellos conciben a Dios como un juez que mide la frecuencia y la extensión de las oraciones. Creen que si no oran, Dios se enoja, y les quita la protección. Por consiguiente, más que un motivo de gozo y paz, para ellos la oración es causa de culpa y temor.

En el extremo opuesto están aquellos que creen poseer toda la autoridad en sí mismos. En lugar de humillarse delante de Dios Santo y Todopoderoso, reclaman promesas, declaran lo que no es como si fuera, decretan y proclaman conforme a sus propias voluntades. Estas personas imaginan un Dios que está a su servicio. Ellos solo tienen que hablar las palabras correctas, y Él estaría obligado a complacerlos.

Estas 2 posiciones son totalmente antibíblicas: La oración no es una obligación, sino una necesidad del creyente. Es necesario renovar el espíritu de nuestro entendimiento: La oración en lugar de ser una carga, debería ser un deleite: Deléitate asimismo en Jehová,                                                                                              Y él te concederá las peticiones de tu corazón. (Salmos 37:4) –

¿Leíste en alguna parte de la Biblia que la relación con Dios es pesada? ¡No! ¡Es maravillosa! ¡Es tu momento con el Padre amado! No lo sufras, gózalo. Aprende a deleitarte en Él.

Por otro lado, debemos recordar a aquellos que declaran y decretan: –  Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. (Santiago 4:6) – 

El Señor Jesús nos dio ejemplo de cómo orar. No hay mejor maestro que Él.

9Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 10Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 11El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. 12Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. 13Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. 14Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. (Mateo 6:9 – 15) –

Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. (Lucas 11:2) – dice: «Cuando oréis decid«-. Por tanto, está oración puede tomarse como modelo o simplemente ser repetida, siempre y cuando se haga con entendimiento.

Como dijimos en el artículo anterior, el Padre es el destinatario, y la prioridad máxima y absoluta es Su gloria. Que nuestra oración y nuestras vidas sean instrumentos de Él para que Su nombre sea santificado, para que venga Su reino, y para que se haga Su voluntad.

Estas son las 3 primeras peticiones.

Santificado sea Tu nombre

Los judíos entendían que el nombre es mucho más que la palabra con que se conoce a una persona. El nombre es la persona. Muestra su naturaleza. El nombre de Dios es Dios mismo. Lo más importante es Su gloria. Todo debe apuntar a eso. Dios es Santo y Su nombre es santo, pero nosotros debemos reconocer y hacer que los demás reconozcan Su santidad. El propósito de nuestras vidas es la gloria de Dios, y nuestra oración debe apuntar a que logremos ese objetivo. Es por eso que somos la luz del mundo:

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mateo 5:16) –

Venga Tu Reino

Para que el nombre de Dios sea glorificado, las personas deben estar bajo su reinado.

Es nuestra misión extender el reino entre los hombres, y para hacerlo, necesitamos cada día someternos a Su señorío. Humillar cada día nuestra voluntad a Su voluntad. Por eso pedimos…

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra

En el cielo se hace su perfecta voluntad, pero no ocurre eso en la tierra todavía. Llegará el día en que así será. Pero ahora, el mundo entero está bajo el maligno. Que seamos nosotros quienes cumplamos Su voluntad, y los encargados de que se cumpla su voluntad en los lugares donde estamos. Por ello seremos vituperados y perseguidos. Por ello es que oramos.

El 2do  grupo de peticiones tiene que ver con nuestras necesidades.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy

El pan simboliza todo lo necesario para la subsistencia.

  • Hay bastante que aprender en esta simple frase. El pan nuestro. También se traduce como «el pan cotidiano» o «necesario«. El Señor le dijo a Adán que comería el pan con sudor de su rostro. Es algo por lo que se trabaja para conseguir. No esperes que tu sustento venga de arriba. Debes ganártelo. Pero aún así, debes entender que viene de Dios. Todo lo que tienes es dado por Él. Él te da lo necesario para que lo consigas.
  • Pedir con moderación. No se habla aquí de lujos ni de cosas superfluas. Esto decididamente va en contra de los que predican los falsos ministros de la prosperidad, que dicen «¡Pide lo que quieras!«. Se trata de pedir lo necesario.

Dos cosas te he demandado;
No me las niegues antes que muera:
Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí;
No me des pobreza ni riquezas;
Manténme del pan necesario;
No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?
O que siendo pobre, hurte, (Proverbios 30:7 – 9) – 

  • Dánoslo hoy. Habla de la confianza en la provisión diaria. Más adelante el Señor dirá que no nos preocupemos por el día de mañana, que a cada día le basta su propio mal.

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores

Arrepentimiento. La vida del creyente es una vida de constante arrepentimiento. No se trata de haberse arrepentido una vez en el pasado. El hijo de Dios peca, pero no ama el pecado. Sabe que ofende al Padre, y eso lo lleva a arrepentirse. Cada día pecamos, y el Espíritu Santo que mora en nosotros, nos guía a arrepentimiento.

Es verdad que cuando creímos, todos nuestros pecados fueron borrados. Los presentes, los pasados y los futuros. Sin embargo, el creyente arrepentido necesita constantemente el perdón de manera urgente.

Eso es lo que el Señor Jesús ejemplificó con el lavado de pies: – Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. (Juan 13:10)  –  

Como siempre aclaramos, esta es la oración de un auténtico discípulo. De un pobre en espíritu, de alguien que ha entendido la gravedad de su pecado y ha llorado delante de Dios, alguien que, por haber recibido misericordia, se hizo misericordioso. Esta clase de persona no guarda rencor a quien lo dañó. Al contrario, ora por él, busca su bien. Puede amarlo, y, si se arrepiente, perdonarlo.

Ahora bien, si no se perdona a alguien que se ha arrepentido, ¿Cómo puedo yo pedir que se me perdone a mí?

En Mateo 18 el Señor cuenta una parábola de un siervo a quien el rey perdona una deuda muy grande, pero que, sin embargo, no quiso perdonar a alguien que tenía una deuda mucho menor que él: – 32Entonces, llamándolo su señor, le dijo: “Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. 33¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?” 34Entonces su señor, enojado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. 35Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. (Mateo 18:32 – 35) –

Esto es precisamente lo que dice después de finalizar la oración: – 14Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. (Mateo 6:14, 15) –

No debemos interpretar que perdonar es una condición para recibir el perdón de Dios. La única condición para recibir el perdón de Dios es el arrepentimiento. Si alguien no puede perdonar, es porque no es consciente de su propio pecado. Por lo tanto no se ha arrepentido, lo que implica que no es un verdadero discípulo de Cristo.

Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal. 

La mayoría de los eruditos ven aquí un solo pedido.

La versión RV (Reina Valera) dice «no nos metas en tentación«, ofreciendo una aparente contradicción con – Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; (Santiago 1:13) –

Sin embargo, otras traducciones dicen:

TLAY cuando vengan las pruebas, no permitas que ellas nos aparten de Ti, y líbranos del poder del diablo. (Traducción Lenguaje Actual

NVI y PDTY no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno. (Nueva Versión InternacionalPalabra de Dios para Todos)

NTVNo permitas que cedamos ante la tentación, sino rescátanos del maligno. (Nueva Traducción Viviente)

El «mal» se refiere a una persona: «el maligno», el tentador.

El que tienta es el diablo.

Necesitamos la ayuda de Dios para no ceder.

Hay algo que debemos saber: no somos fuertes. Nunca podremos vencer las tentaciones si no es por medio del poder de Dios.

El Señor Jesús les dijo a sus discípulos en el Getsemaní: – Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. (Mateo 26:41) –

Necesitamos desesperadamente de Dios, por eso necesitamos desesperadamente orar. Si nos sabemos débiles, podremos fortalecernos en Él. El apóstol Pablo dijo: – Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. (2° Corintios 12:9) –

Porque tuyo es el Reino, y el Poder, y la Gloria

Este es el final lógico de la oración.

La mayoría de las traducciones no incluyen esta doxología. Sin embargo, es totalmente coherente con el resto. Todo es posible para Dios porque todo es de Él.

Comenzamos la oración buscando su gloria, y terminamos reconociéndola. Él es grande. Él es digno, Él es incomparable. Suyos son el reino, el poder y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Confesaos vuestras ofensas
unos a otros, y orad unos por otros,
para que seáis sanados.
La oración eficaz del justo puede mucho.
(Santiago 5:16)

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